“Había una vez...”
Me pregunto qué extraña curiosidad puede llevar al ocasional visitante de mi página a querer clickear en el link que dice “biografía”.
¿Qué cosas quiere saber de mí y para qué?
¿Qué cosas quiero y puedo contar de mi vida que sean útiles o significativas, y para qué?
También me pregunto por qué no me resistí a incluir fotos y por qué me ha costado tanto disponerme a escribir esta sección. Debo hacer un reconocimiento a la férrea tenacidad de Ernesto que no ha dejado de insistirme. 



Nací en Rosario un 18 de octubre, como Chuck Berry (el gran pionero del rock and roll), pero en mi caso apenas comenzados los ‘60. Cuentan mis padres (Pocha y Rodolfo) que la noche anterior hubo una gran tormenta. No sé qué clase de influencia se cree tiene lo meteorológico para la conformación de la personalidad, pero siempre se señalaba como anécdota importante. 


Los recuerdos que he podido reconstruir de aquellos primeros años es que tenía una tendencia marcada al histrionismo y a hacer preguntas (ahora diría “interrogantes”) que no tenían respuesta.
Durante los años de la escuela primaria, Nacional N° 394, mis días transcurrían plagados de actividades extra-escolares ligadas al mundo del arte desde la perspectiva del juego (danzas españolas y clásica, música, teatro, pintura). Mi maestra de 2° grado me había estimulado a seguir escribiendo: “Sigue así y serás una gran escritora”. ¿Habrá pensado la señorita Carmen la influencia que esa sentencia tendría en mi futuro?

Alrededor de los 10 años le pregunté a mi papá qué era la filosofía. Creo que le habrá pasado lo que al padre de Mafalda en alguna de las viñetas de la tira de Quino, pero me respondió con una definición que todavía suelo utilizar en clase: “Es una ciencia que se pregunta el por qué de todas las cosas, el por qué de todos los por qués”.
Con los años comprendí que mi padre fue un adelantado a su tiempo en muchas cosas, y que me mostró en palabras y acciones un profundo respeto a la equidad de género, me hizo confiar en que todo lo que yo quisiera hacer, lo lograría si lo deseaba verdaderamente, sin importar que fuera mujer.


Sin embargo rendí y aprobé el examen para ingresar a 1er. año de la Escuela Superior de Comercio “Libertador General San Martín” dependiente de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Rosario. Allí aprendí a arreglármelas por mi cuenta en la escuela y descubrí qué cosas no quería seguir estudiando.

Con la ilusión de encontrar las grandes respuestas a los interrogantes que me perseguían desde pequeña, me aventuré y me decidí a estudiar Filosofía a finales de los 70’. Los años de la Facultad fueron tiempos difíciles en un país en el que pensar por uno mismo estaba prohibido o cuanto menos era peligroso. Había, además, una generalizada ceguera de género. Vivíamos en la oscuridad de un sistema patriarcal y sexista, y no nos dábamos cuenta. Una no se atrevía a preguntar por qué en los programas de las asignaturas solamente había “filósofos”, y la palabra “filósofa” parecía un neologismo sin referente empírico.
Cuando me gradué había aprendido algunas respuestas y me había olvidado la curiosidad y las preguntas. La Facultad había hecho su trabajo, yo era una profesora de filosofía. Tuvieron que pasar algunos años, irrumpir estudiantes que tenían la osadía de hastiarse y manifestarlo para que yo empezara a transitar el camino hacia mí misma.

Con mis amigas de la secundaria nos decíamos que una no iba a la Universidad a buscar marido, y yo no quería casarme antes de los 40. En el primer año de la carrera tenía un compañero de estudios intelectualmente brillante, trasgresor y rebelde: Ernesto Edwards. Me trataba de usted, me provocaba con que yo estaba enamorada de él, me regaló la experiencia de leer a Hesse, larguísimas charlas de café, y algún que otro inspirado soneto. Después de 13 meses nos casamos “para toda la vida”. Hasta ahora, hemos cumplido.
Nietzche decía que el matrimonio es una larga conversación y que uno debe asegurarse de querer conversar toda la vida con la persona con la que se casa. Lo hemos seguido seriamente, muchas madrugadas nos siguen viendo desvelarnos, enredados en entretenidas y apasionadas discusiones filosóficas. Sin dudas es la persona con la que querría poder conversar el resto de mi vida. 


Cuando me gradué había aprendido algunas respuestas y me había olvidado la curiosidad y las preguntas. La Facultad había hecho su trabajo, yo era una profesora de filosofía. Tuvieron que pasar algunos años, irrumpir algunos alumnos que tenían la osadía de hastiarse y manifestarlo, para que yo empezara a transitar el camino hacia mí misma.

En 1989 cayó el Muro de Berlín y marcó el fin de las utopías. Pero nada de la historia del mundo se puede comparar con la importancia del 23 de diciembre de 1989: nació nuestro hijo Garret.

Cuando uno está preparado aparece el maestro. Encontré a mi maestro pidiendo ayuda para superar el ámbito de la disociación y de los dobles vínculos en el que nos sumerge esta posmodernidad acelerada y contradictoria. Rubén Makinistian me permitió redescubrir a la aprendiz de filósofa que se había aletargado tras la máscara de la profesora, y que al tiempo que exploraba la naturaleza originaria de la filosofía socrática iba reflexionando sobre su propia existencia para intentar opciones para vivirla mejor. 


Ese proceso me permitió ir ampliando la esfera de mi libertad, cuestionarme supuestos obvios y naturalizados, y a través de estudiantes con experiencias límite, refundar el sentido de mi vocación docente, y entender el perfil ético-político del oficio de educar: sea cual sea el contenido disciplinar, la educación es una educación para la democracia, para una democracia real y sustantiva, con una equidad de género reconocida, aceptada y vigente.

Entre esos años y el presente han habido libros, trabajo, escuelas, proyectos, perfeccionamiento, mi deseada maestría en género, congresos, seminarios, viajes, amigos y amigas, tristezas, alegrías, dolores, enojos, perdones, tolerancias, separaciones, re-encuentros, amor y tantas otras cosas y emociones como en la vida de cualquier otra persona. Sólo que cada quien siente que es el centro de su propia vida y que lo que le sucede no se parece en nada a lo de los demás. Pero a esta altura pienso que somos más semejantes de lo que creemos.

Cuando he investigado las historias de los movimientos feministas, he sentido que cada una de nosotras ha hecho un recorrido similar en su propia historia personal, donde confluyeron inequidades e injusticias: un malestar que pudo despertar a la conciencia dormida, y con la colaboración de personas resilientes, la osadía de plantearse cambios y utopías, y marchar en conjunto hacia la construcción de una sociedad que nos incluya a todos y todas, y que comprenda cabalmente que la sujeción de la mujer no puede ser buena para las mujeres, pero tampoco para los hombres, porque es necesario percatarse de que las diferencias nos asemejan y nos enriquecen.

Aquí estoy, aprendiz de filósofa, aprendiz de la vida, tratando de no olvidarlo para lograr algún día, cuando sea, sentir que los años no pasaron en vano. 






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